Sólo miraba...

No pasaba nada, sólo estábamos ahí... y me volví a mirarlo.
Ya lo había hecho muchas veces. Consumí los ojos en todo su ser, y lo examiné con paciencia. Miraba su sonrisa, que se había convertido en mi adicción en las mañanas. Luego sus ojos. Miré su piel atentamente, guardé cada detalle, capturé con los ojos cada sensación de ella.... su tacto, su olor que siempre quedaba en mis sábanas como un perfume imperceptible.... Lo miré como tantas veces me despertaba antes y lo miraba dormir por unos segundos. Como lo miro cuando él despierta y me mira.
Lo miraba como si nunca lo hubiera visto, y se me atropellaban los sentimientos y las impresiones.
Miraba cada gesto y, durante el pequeño tiempo de oscuridad que viene con el parpadeo, construía nuevamente la última imagen, y construía todos los recuerdos asociados con ella. Todas las palabras, las risas, los abrazos. Todas las noches en las que me he querido arrancar la piel para ver qué pasa cuando es el alma la que puede tocar.
Lo miraba, y muchas preguntas se me venían a la cabeza. Y sentía que tenía mucho que decir, mucho que mostrar y demasiado tiempo que aprovechar. Lo miraba y mi boca simplemente quería desprenderse de mí para ir a encontrar su bendito lugar, su dulce lugar común... su hogar.
Lo miraba, y me dolía. Me dolía de tanto que quería hacer y tanto que quería que saliera de mí.
Lo miraba, y podría perderme en eso por horas. Hasta que él se volvió a mí, y convirtiendo sus labios en una sonrisa (sí, ésa), me dijo ".... ¿qué?".
"Nada", le contesté. Y cerré los ojos para seguir mirando a oscuras todas las fotografías captadas, y seguir guardando todas aquellas palabras que simplemente no saben salir.